domingo, 25 de noviembre de 2012
Disciplina con clavos para el marqués
Hoy les traigo la prueba definitiva de que nadie lee las obras cumbres de la literatura, ni clásica ni occidental... ¡ni puñetas!. Estaba yo tan tranquila leyendo El tiempo recobrado, tomando mi pastís de las cinco, en compañía de mis gatos y con el runrún del arroyo de fondo, cuando se me han caído los quevedos, el monóculo, los anteojos y hasta las gafas al leer una descripción detallada de la vida en el interior de un burdel. No es que no hubieran aparecido burdeles ya en la obra, pero un burdel gay sadomasoquista donde los soldados de la I Guerra Mundial de permiso en París le hacen servicios con látigos y cadenas a los señorones príncipes y ministros de la Francia cuasisitiada es algo cuando menos inesperado para una obra cumbre de la literatura occidental. El tono, Marcel sería incapaz, no es sórdido, es más bien pintoresco, pero ha tenido que venir la mucama con las sales al oír mis interjecciones espasmódicas.
Una se pone entonces avizor para intentar averiguar si esta audacia proustiana tiene parangón y precedente. Y seguramente sí, más en Francia. Sade. Rimbaud. Y enseguida Genet. Pero Marcel tiene voluntad de trascender literariamente, de ser reconocido por el arte, sabe que está inventando una forma de novelística -que encaja con las vanguardias, sí, pero que en literatura fue más conservadora- pero quiere el triunfo, al menos el crítico. Y no sólo eso: ¡lo consiguió! Bajo el canon de la literatura occidental, Marcel ha debido sobrevivir a todo tipo de lecturas censoras que seguramente desviaban la mirada o condescendían en pasajes como éste, cuya subversión no es obviamente sólo la sexual. Ese burdel que hace feliz en su vejez a Monsieur de Charlus es la única casa de alegría y luz en el oscuro camino que Marcel debe emprender un día hacia su casa en un París oscuro, bombardeado, tristón. Y Marcel, siempre apareciendo casualmente en los escenarios de la vida, ya sabemos de quién nos habla, ¿no?
Suya,
Madame de Borge
sábado, 8 de mayo de 2010
Madame de Malarrama da señales de vida.
Queridas Madames,
Por fin he consiguido sobreponerme a los nervios, dejar de llorar sobre el boeuf bourguignon y escribiros por fín, queridas mías, no solo para que sepáis que estoy bien de salud (al contrario de lo que se ha dicho por ahí) sino que, fiel a mi palabra, he dado comienzo al desafío que nos impusimos y ya me he adentrado en la lectura de Por el Camino de Swann.
Tengo que agradeceros que hayáis justificado, si bien de manera inmerecida, mi silencio en vuestras cartas. Además de la emoción que me embargaba últimamente debido a la relectura de las primeras páginas de A la Recherche, me han impedido coger la pluma también las muchas tareas educativas que, como bien sabeis, tengo a mi cargo en la Escuela de Traducción para Señoritas de la que soy directora.
He animado a varias de mis alumnas a emprender con nosotros la lectura de la obra de Marcel, así que espero en breve poder ofreceros a través de mis cartas, además de mis impresiones acerca de la novela, también las de mis queridas pupilas. ¡Ay, mis niñas queridas! ¡Si pudiérais ver con vuestros ojos sus cuerpos de porcelana! ¡Si pudierais tocar con vuestras palabras sus delicadas mentes! Os estremeceríais... Quizá algún día podáis hacernos una visita y comprobarlo de cuerpo presente.
He leído las cartas que habéis enviado a Madame Proust y me han parecido exquisitas. He encontrado especial deleite en la ocurrencia que tuvo Madame Churchill de adjuntar en el sobre dos bolsas de té. ¡Ay, Charlotte, cómo me alegro de saber que conservas tu sentido del humor! En breve, la semana que viene a más tardar, me uniré a vosotras escribiendo mi primera carta a Madame Proust. Temo que se haya disgustado por mi silencio y no quiera dirigirme la palabra.¿Estará ofendida? ¿Qué impresión os ha dado en sus contestaciones?
Ahora os dejo, dentro de quince minutos tengo que estar de nuevo en el aula. Mis niñas tienen que entregarme un ejercicio de traducción que les encarguéla semana pasada. Se trata de tres o cuatro páginas de una novela titulada L'Étranger y su autor es un joven muy sugerente llamado Albert Camus. ¿Habéis oído hablar de él?
Siempre vuestra,
Madame de Malarrama.
