martes, 17 de mayo de 2011

Las manos de la plebe


Queridas Madames,

¿Pero acaso Marcel, con sus decepciones en la burguesía y la aristocracia, ama a la plebe? Parece que no, que a pesar de haber política en su libro no abraza (ni menciona) las ideas socialistas que se expandían al tiempo que él escribía. Se diría que ni los considera, pues aparecen sólo por contraste, reflejo de un prejuicio de clase: Porque desde el momento en que uno está enamorado, todos los pequeños privilegios desconocidos que posee quisiera poder divulgarlos ante la mujer a quien ama, como hacen en la vida los desheredados y los importunos. Tal vez desheredado aquí no quiera decir pobre, sino simplemente se diga en referencia al término de las Bienaventuranzas y pueda significar ‘judío’, dado el peso del caso Dreyfuss en El mundo de Guermantes. Incluso si es así, resulta necesario rascar mucho para ver si Marcel tiene en efecto ojos para las clases bajas más allá de los sirvientes del Hotel Guermantes, cuyo universo apenas refleja ni por el cual siente fascinación alguna. Aunque mi impresión es que para lo que interesa a Marcel, por diferentes que sean la educación o la clase, da un tanto igual. Si hay desprecio es por falta de conocimiento, de aprecio. Y para él resulta más fundamental el individuo: no ya la ironía en la descripción de las pasiones iguala a los hombres, sino que esa ironía dibuja los atributos que a juicio de los aristócratas le quedan a la burguesía: […] me abrí camino hasta la salita en que estaba la mesa de Saint-Loup. En ella encontré a algunos de sus amigos que almorzaban siempre con él, nobles, salvo uno o dos plebeyos en quienes los nobles, sin embargo, desde el colegio, habían venteado amigos y a los que se habían unido gustosos, probando así que no eran, en principio, hostiles a los burgueses, aun cuando fueran republicanos, con tal que tuviesen las manos limpias y fuesen a misa.

El juicio final es en cualquier caso demoledor. Tras porfiar lo infinito por ser admitido en el salón de los Guermantes, Marcel se pregunta: ¿Eran verdaderamente por unas cenas como ésta por lo que todas estas personas se ponían de tiros largos y se negaban a dejar penetrar a las burguesas en sus salones tan cerrados, para unas cenas como ésta? ¿Hubiera sido por este estilo caso de estar yo ausente? Por un instante tuve la sospecha de ello, pero era demasiado absurda. El simple sentido común me permitía descartarla. Y además, si le hubiese dado acogida, ¿qué hubiera quedado del nombre de Guermantes, tan desvaído ya desde Combray? El terrible juicio, al que Marcel llega por decepción, le había sido adelantado por el señor de Legandrin, ese cascarrabias (y tal vez hipócrita) social al que encuentra inesperadamente en el salón de Madame de Villeparisis: ¡Cuánta culpa ha tenido el Terror en no cortarles el pescuezo a todos ellos! No son más que unos siniestros juerguistas, cuando no simplemente unos tétricos idiotas.

Se avanza el camino hacia la soledad del artista, hacia la misantropía intelectual, pero también al ansia por conocer la verdad que tiene el diferente, el raro, el que ha de quedarse solo. Todo ello a construir en las siguientes líneas básicas de este libro magnífico.

Les dejo con humor social y de costumbres, con la plebe que no distingue entre cisnes:

Mientras esperaba a Saint-Loup, pedí al dueño del restaurante que hiciera que me trajesen pan. ‘Ahora mismo, señor barón’. ‘No soy barón’, le contesté. ‘Oh, perdón, señor conde’. No tuve tiempo de hacer oír una segunda protesta, después de la cual seguramente me hubiera convertido en ‘señor marqués’

miércoles, 11 de mayo de 2011

Ser gran señora


Queridas Madames,

No sé por qué jardines andan ustedes, pero al no haber comenzado aún la lectura de El mundo de Guermantes aún no conocen la felicidad que da saber que te has comido el mejor postre de la mesa. Tanto es así que me ha dado un ataque de hermenéutica furibunda, he bajado las persianas, corrido las cortinas, despedido al chófer, metido en la cama y me he puesto a revelar al mundo los secretos del volumen. Hoy, el primero, eso de las clases sociales y tal.

Obvio es que el análisis de las clases sociales, las diferencias entre ellas, sus costumbres y su moralidad en cuanto grupo forman una de las columnas estructurales de la recherche. A la sombra de las muchachas en flor presentaba el mundo burgués de los Swann. El saloncito de Odette, que conservaba su matiz casquivano de juventud, desilusiona a Marcel por su falta de ingenio y su vulgaridad; el chico no encuentra acomodo y, aunque no sea por ello, parece una consecuencia que su líbido por Gilberta Swann se desvanece. Tampoco contribuye a ello el misterioso Swann, elegante pero esquivo, inteligente pero permanentemente aturdido, tan fascinante como lejano, cuyos universos variados permanecían entonces aún oscuros para Marcel y sus lectores más allá de su pagafantismo.

En El mundo de Guermantes, Marcel busca la aristocracia. Bueno, esta más bien se le aparece. Empieza enamorándose visualmente de los vestidos y el porte de la duquesa de Guermantes, con la que practica descaradamente un acoso patético durante cien páginas. Atención al análisis de la fascinación que mujer, clase y ornamentos le suponen: […]; y por la mañana, en el momento en que iba a salir a pie, como si la opinión de los transeúntes cuya vulgaridad hacía resaltar paseando familiarmente por entre ellos su vida inaccesible pudiera ser para ella un tribunal, podía yo distinguirla ante su espejo desempeñando con una convicción exenta de desdoblamiento y de ironía, con pasión, con malhumor, con amor propio, como una reina que ha aceptado hacer de criada en una comedia de corte, el papel, tan inferior a ella, de mujer elegante; y en el olvido mitológico de su grandeza miraba si su velillo estaba bien estirado, se aplastaba las mangas, se ajustaba la capa, como el cisne divino hace todos los movimientos de su especie animal, conserva sus ojos pintados a ambos lados del pico, y se lanza de pronto sobre un botón o un paraguas, como cisne, sin acordarse de que es un Dios.

Este párrafo enlaza con una de las filias preferidas de Marcel, la explicación del mundo mediante referentes artísticos (que dicho de otro modo, bien puede significar que la vida imita al arte, o bien que todo lo social es teatro…). Pero a eso ya llegaremos. La tan atractiva clase aristocrática, en la que el espejo masculino es Roberto de Saint-Loup –un Guermantes ‘distinto’ porque así lo desea Marcel-, también tiene sus divisiones. En los volúmenes anteriores, Marcel muestra que aunque a fin de cuentas él procede de familia burguesa, no por ello se siente vinculado socialmente a gente como los Verdurin o los Swann aún a pesar de también buscar su aprobación. Pero las tensiones de la aristocracia existen, aunque sus detalles se nos escapen si no se tiene un fuerte referente histórico francés: […] pude discernir fácilmente hasta en las maneras y en la elegancia de cada uno de ellos la diferencia que había entre ambas aristocracias: la antigua nobleza y la del Imperio.

No se olvida Marcel del fino humor de contraste social. Al humor de Guermantes me permitiré definirlo como ‘humor bartualiano’, si al poseedor de este apellido no le importa. Este chiste termina esta entrada incompleta de hoy, que obviamente continuará:

Ser gran señora es jugar a la gran señora; es decir, por una parte jugar a la sencillez. Es un juego que sale extremadamente caro, tanto más cuanto que la sencillez no encanta sino a condición de que los demás sepan que podríais no ser sencillos; es decir, que sois riquísimos.

Suya,
Madame de Borge

domingo, 24 de abril de 2011

Cuántico cuando me miras



Semana Santa por Soyignatius

Querida Madame Proust,
 
Perdóneme que le venga con ciencias en días de asueto religioso, pues sé de su tradicional recogimiento en esta parte del año. Pero debía escribirle esta breve nota al atisbar entre las páginas de emociones desatadas de Marcel en este El mundo de Guermantes, volumen más apegado a su tiempo, una pizca de ciencia. No, no me refiero a la terrible agonía de la abuela de Marcel (Dios la tenga en su gloria, mis condolencias más sinceras) aunque como enfermo lúcido sólo a veces imaginario, Marcel y su virtud nos cuentan que la medicina es un compendio de los errores sucesivos y contradictorios de los médicos, al llamar uno a los mejores de éstos tiene grandes probabilidades de implorar una verdad que será reconocida algunos años más tarde. De manera que el creer en la medicina sería la suprema locura, si no lo fuera aún mayor el no creer en ella, ya que de ese montón de errores se han desprendido, a la larga, algunas verdades. Perdone, señora, yo es que leo esto y habiendo estudiado aplicadamente ciencias como la chica bien en tierra de ingenieros que soy, pienso que Marcel ha estudiado método científico, prueba y error, y que sabe que la medicina y el diseño de experimentos todavía no estaban casados, ¿verdad?


No, supongo que no, que debe ser intelecto de persona interesada en las cosas de su tiempo, aquí tamizado bajo la sensibilidad extrema de un poeta. Más revolucionaria me ha parecido su visión del principio de incertidumbre, con clarividencia lírica incluso antes de que se formulara. Observe: …toda realidad es acaso tan desemejante de la que creemos percibir directamente como los árboles, el sol y el cielo serían por completo diferentes de lo que son si fuesen conocidos por seres dotados de ojos constituidos diferentemente que los nuestros o que poseyesen para ese menester otros órganos que no fuesen los ojos y que diesen otros equivalentes no visuales de los árboles, del cielo y del sol.


Vale, no es exactamente el gato de Schrödinger pero no me negará que ya ve Marcel que el experimentador modifica la respuesta del experimento, ¿no? Bueno, ya sé que los enemigos de mis tertulias, todos aquellos que incomprensiblemente no soportan que ponga corteza de limón al té, me dirán que como siempre hilo muy fino con Marcel. No lo voy a negar, pero si no es Marcel el escritor de las dobles lecturas, ¿quién entonces?


Suya,

Madame de Borge

miércoles, 13 de abril de 2011

La vulgaridad es la conducta de los otros



Querida Madame Proust,

¡Con qué disgusto conozco que ese irlandés  bisexual se atrevió a decirle a usted que su casa era fea! ¿Acaso no se miraba él los tacones y los claveles verdes? Me entero de tan atroz, injusta acusación, leyendo a Luis Antonio de Villena, el biógrafo de semejante infame. Lea, lea: Se dice que fue en esa etapa cuando Jacques-Émile Blanche (elegantísimo pintor de retratos) presentó a Marcel Proust y a Oscar Wilde […] Sin embargo, se produjo algún desencuentro […] y la pretendida amistad –que nunca existió- se fue para siempre al garete. La casa de los padres de Proust (un gran piso sólidamente burgués en el bulevar Hausmann) al esteta Wilde le pareció muy fea. Al parecer, el inglés había dejado caer ante los padres de Marcel –quien aún no había llegado, origen del pequeño enfado de Wilde-: ¡Qué fea es la casa de ustedes! Y añade don Luis: Proust y Wilde no tenían, desde luego, temperamentos similares.

Debe esto ser cierto, pero, ¿qué quiere que le diga? No le voy a decir cómo es su hijo, Madame, pero ese secretito que compartían –y su infinita ambición artístico estética- les hace tener relaciones peculiarmente paralelas hacia la sociedad. No me dirá usted que a Marcel no le ha gustado nunca ser recibido en todos los salones, aunque en ninguno encuentre su acomodo, y, finalmente, siempre vuelva a la casa –preciosa, por cierto- de su madre, o sea, suya de usted. Debo reconocerle que Oscar Wilde sí triunfaba en los salones, pero los criticaba severamente cuando se daba la vuelta (si conseguía hacerlo sin destrozar la vajilla). Luego los salones le dieron lo suyo, eso sí. Marcel, en Guermantes, porfía hasta el desespero para ser admitido en las tertulias de Madame de Villeparisis, pero sus avances son escasos, y mire usted que tiene valores, qué le voy a decir. Pero esta fascinación por los salones, que tiene su parte de amor por la carne –como en Oscar- se combina en Marcel con esa moral de la virtud tan decimonónica…

Dice Marcel de Francisca, su criada: La riqueza era para ella como una condición necesaria de la virtud, sin la cual la virtud carecería de mérito y de encanto. Tan poco las separaba, que había acabado por atribuir a cada una de ellas las cualidades de la otra, por exigir que hubiese algo confortable en la virtud, por reconocer algo edificante en la riqueza. Esta frase me hizo pensar en Oscar Wilde y sus criterios estéticos sobre el mobiliario de casa Proust.






Dice don Luis que Marcel estaba deslumbrado por el aire de pavo real de Oscar Wilde, por ese personaje así construido y que vivía en tan frágil equilibrio sólo reconocible por buenos entendidos. Pero tan brillante como, aparentemente, virtuoso… Hoy, como parte de esas extrañas justicias poéticas del mundo, duermen a unos metros el uno del otro, en el cementerio de Pere Lachaise. La tumba de Oscar se dibuja periódicamente de besos, de comentarios lascivos, también de escupitajos. La de Marcel, siempre bruñida, siempre tiene flores. Supongo que usted las hace llevar con la diligencia de una madre amantísima, ¿verdad?

Suya,
Madame de Borge



sábado, 2 de abril de 2011

Robert de Saint Loup

Queridas Madames,

Fascinada estoy con el gran amigo de Marcel, el apuesto Robert de Saint-Loup. Entendí que sería una revolución en la vida de Marcel desde que entró en el hotel de Balbec, llevando un traje de tela muy fina blancuzca, como nunca me figuré yo que se atreviera a llevarlo un hombre, a pesar de la terrible tarde calurosa; usa monóculo, tiene ojos color de mar, y hace cositas en el ejército. Entiendo su dulce contrapunto de hombre decidido, apuesto, exitoso con las mujeres, elegante y respetuoso, y le auguro grandes momentos futuros ya que emparentado está con las Guermantes y, además, ha tenido a bien aparecer en el tercer volumen para… para… ¡para invitar a Marcel a dormir a su cuarto!

Mientras me repongo de la elipsis, debo reconocerles que he encontrado un bello lugar con los retratos de todos los personajes de la novela, que un pintor californiano ha tenido a bien ir realizando. Se llama David Richardson, y aquí los tienen, en youtube, o en blogger.

Suya,
Madame de Borge

domingo, 27 de marzo de 2011

Llega un día en la vida de una mujer

Queridas Madames, Ha llegado el día, que fue el de ayer. El del abandono, la caída al abismo, la visión del vacío delante de mí. ¿Ven ustedes la rutilante imagen del Chateau de Guermantes en la fotografía? No, no es que me vaya a tirar al foso en acto de amor definitivo. Es más bien que entrar en Guermantes, en el tercer volumen de 'la recherche' se me antoja un viaje sin retorno. Entrados en Guermantes, habrá que terminar la aventura. Reconozcámoslo, Por el camino de Swann y A la sombra de las muchachas en flor son dos reconocidos aperitivos. Conocidos en todas las culturas. Muchos aficionados a la literatura los han leído, los conocen, saben de las magdalenas, la catedral, los paseos de Balbec, los picores de Albertina, las tertulias de Mme. Verdurin, y el dulce encanto anfitrión de la casa de Swann. ¿Y ahora? Ay, ahora ya has oído todas las advertencias, ahora ya viajarás sola, tú pasarás también a ser esclavo del olvido de los hechos anteriores de la novela, mezclarás nombres, fechas, datos... Deberás ser valiente, la tarea es grande y la voluntad ha de ser mayor.


Marcel conoce bien el valor del nombre y su peso en la memoria. La abnegada Francisca, que por otro lado mejor haría en no confraternizar con los lacayos de las demás familias, que sabe Dios con qué pequeñeces la seguirán alterando, recuerda Meseglise, o Guermantes, y todo en ella vuelve a la vida. Miren la delicadeza: Y el nombre de Guermantes de entonces es también como uno de esos globitos en que se ha encerrado oxígeno o algún otro gas: cuando llego a agujerearlo, a hacer salir de él lo que contiene, respiro el aire de Combray de aquel año, de aquel día, mezclado a un olor de espinos blancos agitados por el viento del ángulo de la plaza... No sé ustedes, Queridas Madames, pero este hombre acabará conmigo. Una metáfora vendrá a ser algo que a alguien se le ocurrió comparar y que Marcel ya habrá escrito. Así, Guermantes me evoca la valla del terreno imposible de penetrar. La tarea definitiva.





En este tercer volumen, la traducción pasa a ser compartida, por Don Pedro Salinas y Don José María Quiroga Plá. Tal vez sea cosa mía, de que mi arrebato me impida ver los detalles, pero aprecio menos laísmo. En su defecto, debo decirles que me encuentro con expresiones tan sublimes como Vamos unas veces a la Ópera, otras a las suarés de abono de la princesa de Parma... donde la deliciosa bacanal de galicismos sigue reinando.




A ustedes me encomiendo,

Madame de Borge

viernes, 4 de marzo de 2011

Proust y los tebeos.

Queridas madames,

Sé que hace mucho tiempo que no escribo, y en los últimos meses han ocurrido muchas cosas que necesito contarles, aunque eso tendrá que esperar para otra ocasión. Todavía no soy libre de revelarles los tormentos que he sufrido recientemente. Sin embargo, hace unos días, encontré en una revista interesantísima llamada The Comics Grid (no me culpen, saben que siempre me interesó la literatura barata, sobre todo, si tiene ilustraciones) un artículo que habla de nuestro adorado Marcel, relacionándolo con una tira cómica, Gasoline Alley, que solía leer en los periódicos cuando era niña y vivía en Chicago. Lo escribe un tal Roberto Bartual y me ha permitido reproducirlo aquí con la promesa de que os incite, queridas lectoras, a visitar ese maravilloso magacine, The Comics Grid, donde podrán encontrar textos deliciosos de importantísimos académicos de la historieta como Ernesto Priego, Greice Schneider, Esther Claudio, Nina Mickwitz o Tony Venezia. El artículo es en inglés y me he permitido el lujo de traducirlo yo misma. Tampoco tengo otro remedio: el pasado octubre me echaron de la Escuela de Traducción para Señoritas donde ejercía como directora. Ya les contaré los detalles. ¡Qué bochorno!

Suya,
Madame de Malarrama.




Gasoline Alley, 22 de abril de 1934.

No es infrecuente la opinión de que el modernismo nunca existió en los cómics, y la razón es simple: al margen algunos títulos influidos por las vanguardias (especialmente el surrealismo, como en Little Nemo o Krazy Kat), los cómics de las primeras décadas del siglo XX se caracterizaron por ser narraciones más bien lineales y bastante indiferentes a los experimentos que en su tiempo se daban en el ámbito de la litetratura.

Rubén Varillas menciona los Niños Kin-Der de Feininger como uno de los primeros cómics a los que podemos aplicarle el adjetivo de “modernista (Varillas, 2010: 5). Feininger era pintor, incluido con frecuencia en la nómina del expresionismo, y no se puede negar que su dibujo en los Niños Kin-Der recuerda poderosamente la pintura modernista, en particular sus paisajes urbanos que, pintados también por Feininger sobre lienzo, inspiraron la estética del film alemán El gabinete del doctor Caligari (1920).

Sin embargo, si quisiéramos elaborar un censo de creadores modernistas en el cómic, deberíamos añadir por lo menos un nombre más al de Feininger. Me refiero a Frank O. King, conocido por Gasoline Alley, una larga serie de tiras y páginas dominicales que registra día a día la vida cotidiana de un padre y un hijo, Walt y Skeezix, los cuales envejecen al mismo ritmo que los lectores. La idea de hacer una literatura en “tiempo real” no era nueva cuando King se propuso hacer Gasoline Alley. El Ulises de Joyce y la Señora Dalloway de Virginia Woolf relatan historias que acontecen en un intervalo de tiempo aproximadamente igual al tiempo que le lleva al lector completar la lectura. Pero la influencia más patente del modernismo en Gasoline Alley la encontramos en sus páginas dominicales, especialmente en las muy características páginas panorámicas en que una sola imagen (una playa, la manzana de una calle, una casa) aparece fragmentada en viñetas.

Estas páginas panorámicas no constituyen una simple estratagema narrativa para provocar la sorpresa del lector. Son también un intento, aunque tímido todavía, de representar la memoria; intento en el que autores más recientes, como Chris Ware, o Richard McGuire se han basado para construir complejísimos dioramas de recuerdos.
Proust nos lo advertía constantemente en En Busca del Tiempo Perdido: la mecha de la memoria es, con frecuencia, un espacio geográfico; la casa de la infancia, que al visitarla dispara nuestros recuerdos; aquella calle por la que solíamos pasear al ir a casa de la persona amada; el pueblo donde pasábamos nuestras vacaciones. Es más: lo habitual es que cualquiera de estos lugares nos haga evocar no solo uno, sino varios recuerdos, los cuales se superponen sobre el mismo espacio; ¿cuántos recuerdos diferentes podemos evocar de forma simultánea solo con entrar en la habitación donde dormíamos de niños? Cada una de sus esquinas nos recordará una imagen diferente de nuestro pasado.

Esta manera que tenemos de experimentar la memoria como algo no lineal y dependiente del espacio fue resumida por Proust en la descripción que hace de la catedral de Combray en Por el camino de Swann (1913). Cada sección de esta ficticia catedral data de un periodo histórico diferente: sus paredes fueron construidas en el siglo XI, la escalera del campanario es gótica (mediados del siglo XII hasta el siglo XV) y la cripta, merovingia (siglo VIII). Proust llega a la siguiente conclusión:
[La catedral era] un edificio que ocupaba, por decirlo así, un espacio de cuatro dimensiones –la cuarta era de la del Tiempo- y que al desplegar a través de los siglos su nave, de bóveda en bóveda y de capilla en capilla, parecía vencer y franquear no sólo unos cuantos metros, sino épocas sucesivas, de las que iba saliendo triunfante. (Proust, 1913: 80)

Para Proust, visitar la casa que habitamos durante la infancia, sería como caminar en el interior de la catedral de Combray. Cada habitación trae de vuelta la imagen de un tiempo diferente, mientras que el edificio al completo es la estructura que da cohesión y funde dichas imágenes. Consciente o no de la obra de Proust, lo que Frank King hizo en la página de Gasoline Alley que reproducimos arriba, es una versión gráfica de la metáfora que hizo Proust sobre la memoria. Su tuviéramos un mapa de la planta de la catedral de Proust, podríamos leer en él la historia del pueblo de Combray; cada fragmento de la nave, un periodo de tiempo distinto. Del mismo modo, en cada fragmento, en cada viñeta de la casa en construcción de Frank King queda registrado un momento diferente del día, como si fuera un mapa, si bien de corta amplitud temporal, de la memoria. Si Skeezix, el joven protagonista, volviera al lugar de los hechos años después, y la casa siguiera en el mismo estado, a medio construir, al mirar el tejado Skeezix se acordaría del momento en que se reunió allí con la niña que le gustaba, la pasarela de madera le haría acordarse de cuando su amigo Clarence se puso a perseguirles, y al mirar el cemento, recordaría sin duda cuál fue el desenlace de la persecución. Igual que nosotros, cada vez que miramos la página, Skeezix “vería” todo lo que pasó aquel día en su mente, de manera simultánea.

Hacer vivir al lector la experiencia de la memoria, entendida como percepción simultanea del tiempo, fue uno de los objetivos de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido. Sin embargo, para poder lograrlo, tuvo que afrontar una limitación muy importante impuesta por el medio: si bien el ser humano es capaz de recordar varias cosas al mismo tiempo, le es totalmente imposible leer dos párrafos a la vez. Los cómics, un medio que en general ha permanecido al margen del modernismo, es irónicamente el único medio capaz de representar la memoria de la forma en que quiso Proust, ya que al mirar una página de cómic, es perfectamente posible ver y mantener la atención en dos o más imágenes al mismo tiempo (*). Esta página dominical es prueba de ello. Pero hay muchas otras…



Proust, M. (1913) Du côte du chez Swann, París, Bernard Grasset; Por el camino de Swann, trad. de Pedro Salinas, Madrid, Alianza, 1996.

Varillas, R. (2010) “Lyonel Feininger. Un artista de vanguardia”, en Lyonel Feininger, Los niños Kin-der, Póvoa de Varzim, Manuel Caldas. (pp. 5-7)

Ver también Varillas, R. (2010) “Lyonel Feininger y los Niños Kin-Der. Aires expresionistas, viñetas cubistas.” Culturamas, .

(*) Por supuesto, el cine también puede mostrar, en un solo plano momentos diferentes del tiempo, con la intención de representar, de algún modo, una memoria panorámica, o al menos así lo ha intentado Peter Greenaway. Otra cosa es que el espectador pueda mantener la atención en dos imágenes móviles del mismo modo en que puede hacerlo en el cómic.