domingo, 21 de noviembre de 2010

La habitación del hijo


Queridas (y desaparecidas) Madames,
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¡Miren, miren! ¡Cuánta alegría me ha dado encontrar en la red la habitación de Marcel! (en el blog de una escritora cubana, quién me lo iba a decir). Un sillón, un escritorio, un diván, y la sencilla cama con su colcha azul, que, la verdad, no parece de la época. Esto al parecer se conserva en un museo parisino, el Carnavalet, dedicado a la historia de París, y que reconozco no conocer. Creo no obstante que en un futuro daré un paseo por la rue Sevigné para buscarlo, como ya hice con Pere Lachaise en su día, y sería estupendo que me acompañaran.
¿Ustedes limpian y ventilan bien las habitaciones de sus hijos? Espero que sí, porque he descubierto cuán importantes son para que los muchachos crezcan en amor hacia su familia. En la mitad del segundo libro, y prácticamente partiendo en dos el mismo (París y Balbec, Gilberta y Albertina, invierno y verano), Marcel vuelve a despertar en una habitación, pero en este caso no es la de la infancia donde su madre debía darle el beso de buenas noches para un buen descanso, sino en el hotel de Balbec donde pasará el verano de su pubertad. Si al inicio del primer volumen Marcel sufría una ensoñación en el límite entre la realidad y la ficción, o entre el sueño y la vigilia, y así despertaba tanto a la vida como a la novela, setecientas páginas después se ha desplazado en el espacio, algo también en el tiempo, para descubrir el desgarro que suponen las personas y cosas que dejamos atrás, que se rebelan en nuestras almas por ser potencialmente olvidables al despertar en una nueva habitación/vida. Temo que la fuerza que impulsa el libro era el horror de Marcel a despertarse en cama distinta a la suya. Supone para él un sentimiento de pérdida al encontrarse entre elementos que no reconoce pero que pudieran convertirse para él en más importantes que los que actualmente le son imprescindibles y aún ama.
No sé qué aconsejarles, la verdad. Si limpiar de necedades infantiles las alcobas de sus retoños, o bien proveerlas de los correspondientes mementos que aseguren el recuerdo de la tierna mente infantil durante años. Denles besos, en cualquier caso. Léanles libros al anochecer. Intenten hacerles felices, a ser posible no tan ensoñadores, aunque sí poetas. Porque en Marcel he aprendido alguna cosa que por lacerante no debo dejar de recordarles en la educación: Cuando uno es desgraciado, se vuelve muy moral
Suya,
Madame de Borge

domingo, 14 de noviembre de 2010

El humor, el humor...

Querida Madame Proust,

Mírelo, mírelo como sí que Marcel tiene sentido del humor. Se lo explico en sus diferentes formas:

- El chiste malo (pronunciado por un médico):
Y sobre todo, póngale a leche. Más adelante, cuando hayamos acabado con los ataques y con la agripnia, no tengo inconveniente en que tome usted alguna sopa y algún puré; pero a leche, siempre a leche. Eso le gustará a usted, porque en España está de moda. (Este chiste era conocidísimo de sus alumnos porque le soltaba en el hospital cada vez que ponía a régimen lácteo a un hepático o a un cardíaco)

- La conversación frívola social (en la tertulia de Swann):
--[...] Yo hago con mucho gusto cualquier cosa que sea favorable a mi marido.
--Pero, señora, lo primero es poder hacerlo. Probablemente usted no es nerviosa. Yo, en cuanto veo a la mujer del ministro de la Guerra haciendo gestos, me pongo a imitarla sin querer. Es una desgracia tener un temperamento así.
--¡Ah, sí! He oído decir que esa señora hace muecas nerviosas; mi marido conoce también a un personaje muy elevado, y claro, los hombres cuando se ponen a hablar...
--Ocurre lo que con el jefe del protocolo, que es corcovado: en cuanto está cinco minutos en mi casa no puedo por menos de ir a tocarle la joroba, es fatal.

- Comedia sexual entre adolescentes:
<> viendo que me lanzaba sobre ella para besarla. Pero yo me dije que cuando una muchacha llama a un mozalbete que vaya a su cuarto en secreto y se las arregla para que su tía no se entere, será para algo, y además que la audacia sale bien a los que saben aprovecharse de la ocasión; en el estado de exaltación en que yo estaba, la redonda cara de Albertina, iluminada, como por una lamparilla, por un fuego interno, cobraba para mí tal relieve, que, imitando la rotación de una ardiente esfera, me parecía que daba vueltas como esas figuras de Miguel Ángel arrastradas por inmóvil y vertiginoso torbellino. Por fin iba a conocer el sabor y el olor de aquel misterioso fruto rosado. Oí un ruido precipitado, chillón y prolongado. Albertina había tirado de la campanilla con todas sus fuerzas.

Reconozco, Madame, que la lectura del primer volumen me produjo más carcajadas, siempre esporádicas eso sí, que la de este segundo libro. Aún así, espero seguir disfrutando de estas perlas inesperadas que, a decir verdad, desconozco si según los contextos me provocarían diferentes reacciones.

Suya,
Madame de Borge






domingo, 7 de noviembre de 2010

Haciendo aproustasía

Querida Madame Proust,


Muchas personas de bien me han afeado mi carta anterior. Que si una dama no puede escribir según qué cosas. Que si estas cosas no son buenas para la educación de los niños franceses, etc. Nadie al menos ha enviado mis letras a un juez, ni concejal alguno se ha molestado por las mismas, afortunadamente. ¿Se imagina? ¡Madame de Borge acusada de indecente! ¡Yo, que he dado de comer a los obispos de media Francia! Para reponerme del disgusto, tomé el Transcantábrico para asistir a la misa de un viejo amigo en Compostela. Aunque el hombre está algo cambiado de cuando, en mi mocedad, le conocí. ¿Ha visto usted qué cura guapo? Yo le diría que se le ajusta muy bien aquello que decía Oscar Wilde: Hay algo trágico en el enorme número de jóvenes que viven en Inglaterra en la época actual: empiezan su vida con perfiles perfectos, y acaban por adoptar alguna profesión útil.
Está feo no obstante traerle citas de un inglés que nunca cayó bien a Marcel a esta casa, aunque nuestra más británica tertuliana ande desaparecida y ya no tome el té (temo se haya pasado a otras sustancias innombrables). Temo que eso de los perfiles Marcel ya se lo huela, pero, francamente, no imaginaba que tuviera tanta lucidez sobre su genio. Sucede que leyendo tantas páginas seguidas escritas por la misma pluma, la psique se desate y se revele. Ay, Madame, todos sabemos que nadie hay más grande que Marcel, pero, ¿por qué se lo dice a sí mismo?.
Quizá por eso se dice el hombre de genio, para evitarse las incompresiones de la multitud, que como a los contemporáneos les falta la distancia necesaria, las obras escritas para la posteridad sólo la posteridad debiera leerlas, igual que ciertas pinturas, mal juzgadas cuando se las mira muy de cerca. Pero en realidad, toda cobarde precaución para evitarse los juicios erróneos es inútil, porque son inevitables. El motivo de que una obra genial rara vez conquiste la admiración inmediata es que su autor es extraordinario y pocas personas se le parecen.
Cuán segura estoy de que Marcel pensaba honestamente en la posteridad, y cuánta pena se desprende del escaso reconocimiento en vida en estas líneas. Me pregunto si su alusión a la pintura que de cerca no se entiende pudiera ser una referencia a tanto pintor impresionista que no vendió cuadros en vida. Pero no puedo olvidar que tras escribir estas líneas y mover algunos hilos, Marcel ganó el Premio Goncourt por A la sombra... ¿Recordaría estos comentarios suyos? ¿Qué extraña paradoja no pasaría por su cabeza al hacerlo?.
Suya,
Madame de Borge

domingo, 31 de octubre de 2010

Deliciosa eyaculación



Querida Madame Proust,

No quiere usted ni imaginar las imágenes que me ha sugerido la tecnología moderna para esta carta, una vez que he buscado conceptos similares a su título. Aunque ya ve lo afortunada que finalmente he sido al conseguir ilustrar con decencia cosas de la literatura, ¿verdad? Demos gracias a la ficción.







Ay, perdón.


¿Dónde iba yo? Qué sofoco... Le decía, querida Madame Proust, que a estas alturas, nuestro círculo de tertulianas sabe perfectamente que Marcel es escritor de atmósferas y no de hechos. A fin de cuentas, en las cuatrocientas páginas largas de A la sombra de las muchachas en flor que llevamos leídas entre labor de punto de cruz y té con pastas (y sin tocamiento alguno), apenas han pasado cuatro o cinco cosas, apasionantes todas. No obstante, esta indefinición de hechos lleva a algunas de nuestras más jóvenes Madames a preguntarse cosas. Cosas naturales que usted y yo conocemos incluso por términos médicos y anatómicos, dada nuestra edad y experiencias, que sería feo recordarle ahora por escrito. Pero estas jóvenes damas se debaten sobre si realmente le pasan o no a Marcel, o si el muy ladino -qué listo le ha salido el niño- nos quiere decir otras cosas. Observe por favor este párrafo que describe los intentos de Marcel por arrebatar una carta de las manos de Gilberta Swann:


Ella escondió la carta detrás del cuerpo, y yo le eché las dos manos por el cuello, alzando las trenzas, que aún llevaba colgando, bien porque estuviera todavía en edad de eso, bien porque su madre quisiera hacerla pasar por más niña, con objeto de rejuvenecerse ella; nos agarramos. Yo hice por traerla hacia mí; ella se resistía y se le pusieron los carrillos encendidos por el esfuerzo, rojos y redondos cual cerezas; se reía como si le hiciese cosquillas; yo la tenía bien enlazada con mis piernas, lo mismo que un arbusto al que se quiere trepar; y en medio de aquella gimnasia que yo hacía, sin que se acelerara apenas la sofocación que me causaba el ejercicio muscular y el ardor del juego, se escapó mi placer como unas cuantas gotas de sudor arrancadas por el esfuerzo, y sin que me quedase ni siquiera tiempo de saborearlo; en seguida cogía la carta. Entonces Gilberta me dijo bondadosamente:
-Bueno; si usted quiere, podemos pelear aún otro poco.


Empiezo a entender, Madame, que no responda usted a mis cartas. Tal vez se avergüenza usted de que su hijo cuente estas cosas. No se preocupe, yo dudo que esto sea impudicia, o liberalidad. Es más bien poesía. Bien llevada, entiéndame, ya que andar por las atmósferas y no por los hechos permite no contar algunos detalles. Porque, a diferencia de las preguntas de las jóvenes Madames, las mías son más prácticas. Si esto sucede en el Bois de Bologne, ¿cómo llegó Marcel a casa? ¿Y cómo pasar sus ropas al servicio? Dudas fundamentales, mucho más importantes que saber si recibir a las visitas en el porche o en el jardín, por supuesto. ¿Sabe lo que yo le recomiendo para el futuro? ¡LA COCACOLA! Otro día le explico qué es...



¡Otra vez, recáspita! ¡Maldita tecnología traviesa!

Suya,
Madame de Borge

domingo, 24 de octubre de 2010

Wikiproust


Querida Madame Proust,

¿Qué le parece el apuesto joven de la foto? Su nombre es Julian Assange y he pensado en él como posible amigo de Marcel. Platónico, por supuesto, pero muy conveniente. Aunque eso sí, la vida de Mr Assange parece más azarosa que la de Marcel. Fïjese que es australiano, que dice casi vivir en los aeropuertos y que mucha gente le persigue. Nada más lejos de la experiencia de nuestro querido niño, siempre enfermo e incapaz de moverse sino es para acercarse u olvidarse de Gilberta, esa mala influencia ya esté presente o ausente.

Claro que no es mi intención que Mr Assange apabulle a Marcel con sus viajes y experiencias vitales, pues, como usted sabe, estos jóvenes de hoy viven con tal cantidad de información que nadie en décadas pasadas podría asimilarla sin un estrés terrible que le hiciera retirarse a un balneario a tomar los baños para recuperar la salud. El caso es que Mr Assange parece haber desarrollado un ingenio que permite que nada caiga en el olvido, ni el más pequeño de los pecados del más gran dirigente, ni la mayor fechoría del más raso de los soldados. ¿Se da cuenta? Me dicen además mis queridos contertulios más jóvenes que no es el único modo de tenerlo todo registrado hoy en día, que la más banal de las conversaciones conoce hoy documento de donde recuperarse. El olvido olvidado, el espacio perdido recuperado, el tiempo recobrado, todo entre nosotros para siempre. ¿Podemos vivir en un mundo así? Marcel lo añora sin conocerlo, desea una enciclopedia que no olvide ninguna obra, que incluse atesore todos los momentos de todas las personas del mundo. Me temo que, oh infortunio, Marcel sería imposible con Internet...

Nos imaginamos que las partes accesorias de nuestro hablar, de nuestras actitudes, apenas sí penetran en la conciencia de nuestro interlocutor, y por consiguiente, y con más motivo, que no se le quedan en la memoria.

Pero es muy posible que, hasta en lo que se refiere a la vida milenaria de la Humanidad, esa filosofía del folletinista que cree que todo está predestinado al olvido sea menos cierta que una filosofía contraria que predijera la conservación de toda cosa. En el mismo periódico donde [...] nos habla de una contecimiento, de una obra de arte, o de una cantante, , con más motivo aún, que alcanzaron un <>, y pregunta que quién se acordará de ellos cuando pasen diez años, nos encontramos muchas veces en otra página con la reseña de una sesión de la Academia de la Historia, donde se trata todavía de un hecho de menos importancia intrínseca: de un poema insignificante que data de la época de los Faraones y del que sólo se conocen fragmentos. Acaso no ocurra lo mismo en la breve existencia humana.

Suya,
Madame de Borge




domingo, 17 de octubre de 2010

Divas


Querida Madame Proust,

Esta larga vida de alegrías y sinsabores me ha dejado muchas experiencias y algunas personas que merecen cierta atención. Hoy me he acordado de un querido amigo, simpático
personaje de buen humor continuo, aunque de costumbres íntimas un tanto particulares. No obstante las cuales, debo decirle que si destaca por algo, si por algo será recordado en siglos venideros, es por su militancia en favor de una diva de la canción, en concreto la de la foto que puede usted ver que amablemente le envío. Me congratulo de que usted no recibe estas cartas que le envío (y nunca responde) gracias a las nuevas tecnologías, pues qué duda cabe de que ante tamaño escorzo vocal podría usted esperar un berrido que le barriese las lentes y hasta la labor de punto de cruz que seguro que está delicadamente practicando con el fin de que Marcel tenga un nuevo mantel para la cama (los pone perdidos, ¿verdad? A mí me pasaba lo mismo con mi abuela cuando le daba el gazpacho, aunque la buena mujer tenía noventa y cinco años).

Como puede imaginar, mi querido amigo, una persona que por lo demás es intachable tal vez para su propia desgracia, sufre de la conocida afección 'síndrome de la diva'. Se lo resalto porque sé que en su educación no recibió las bienamadas direcciones que le hubieran evitado caer en esa peligrosa senda. Y por ello, debo remarcarle que no debe usted dejar a Marcel ir a esas sesiones de ópera de esa subcantante conocida como 'la Berma'. No sea débil, esa ópera de segunda no ayudará a Marcel sino a perder el sentido. El mismo público, débil y dado a la algarabía que acompaña secuestrado de admiración a estas artistas que invaden Europa, cae rendido ante la más floja de las actuaciones de la diva, víctima del síndrome, y despojado de criterio. Marcel, muchacho de gusto intachable pero en la flor de la vida y propenso a escuchar cualquier manifestación de los sentidos, fue sensible a la necedad del espectáculo, pero se sintió arrobado ante masas aún más enfermas del síndrome que él mismo. Fíjese como lo dice:

parece que ciertas realidades trascendentales emiten en torno suyo rayos a los que es sensible la masa

Señora: le digo con esta sinceridad que sabe que me caracteriza que un Marcel arrollado por la masa enfervorecida no es Marcel. Ya, ya sé que el muchacho está anticipando el siglo de los espectáculos de masa, o que apela a la vulgaridad de los públicos enaltecidos. Pero a Marcel le ha costado setenta páginas y una conversación con un ex-ministro reponerse. Dios quiera que para bien.

Suya,
Madame de Borge

domingo, 10 de octubre de 2010

¿Qué quiere decir eso de 'muchachas en flor?'

Reunión de proustianos, cerveza agotada

Querida Madame Proust,

Sirva esta nota para comunicarle que recientemente y en el transcurso de un viaje en tren, en algún lugar de la frontera catalanoaragonesa comencé la lectura de A la sombra de las muchachas en flor, segundo volumen de Á la recherche. Aunque sé que los doctores no recomiendan a Marcel que viaje, qué duda cabe que él desea conocer mundo aunque la idea de hacerlo enseguida le haga enfermar por no poder abarcar todo el mundo que desea conocer. ¡Su hijo es tan maravillosamente diferente!

En estos meses no he tenido abandonada ni a Combray ni a sus sentimientos, no crea. Nada sería más cruel que olvidar proustizar todo lo que a mi alrededor sucede, pues, qué duda cabe, el mundo ya fue explicado antes por Marcel. Pongo por ejemplo esta cita que encontré:

El pasado, decía Proust, no sólo es fugaz, es que no se mueve de sitio. Con París pasa lo mismo, jamás ha salido de viaje. Y encima es interminable, no se acaba nunca.
(Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca)

Claro que parece que este señor don Enrique, escritor catalán que como Marcel no hace más que contarnos su propia vida inventada, nunca deja a Marcel de lado. Observe usted:

...comprendió que era absurdo estar comportándose como ciertas personas de las que hablaba Proust: <<...lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado>>
(Enrique Vila-Matas, Dublinesca)

Ya ve usted qué grande es el peso de Marcel, pero qué poco entendemos todos que no salga nunca de viaje y pueda así, por ejemplo, conocer a sus admiradores que en reuniones como la de la ilustración superior se dedican deslaismizar sus traducciones entre vasos de esa cerveza de tan agradables efectos digestivos. Aunque, debo confesarle, mi tren finalmente no llegó a destino. Dicen que algún anarquista u otro activista de aún más baja estofa, cortó malintencionadamente las vías, y tuvimos que ser transportadas en autobús a nuestros destinos a causa de un comportamiento tan poco francés. Imagine el trajín de maletas y sombreros por la estación, las señoras que tuvieron que acomodar sus faldas y miriñaques a la angostura de los autocares. ¡Y alguna había olvidado perfumarse! Oh, el pequeño y débil Marcel hubiera disfrutado mucho en este viaje, pero no sé si hubiera soportado este infortunio.

Finalmente he conseguido llegar sana y salva a casa, donde mi marido me ha hecho unas friegas y me ha preparado un suculento pavo para almorzar. Cualquier día le digo la receta para que se la participe a Francisca.

Suya,
Madame de Borge

martes, 24 de agosto de 2010

Proustcindibles

Querida Madame Proust,

No sabe con qué alegría espero la llegada de septiembre para, de acuerdo con el ritual acordado en nuestro salón de té, comenzar con la agradabilísima lectura del segundo volumen de la opus magna. Durante estas semanas desde que terminé el primer volumen, he sufrido burlas, desazones y desencuentros, no puedo negárselo. Tuve que confesar a familiares y a algunas hasta ahora queridas compañeras de labor mi pasión por Á la Recherche..., pero no fui comprendida, y la melancolía anidó en mi ser. Contrastaba mi estado tanto con el que disfrutaba al terminar el primer volumen antes del estío… Mi estado empeoró definitivamente al leer en la prensa cinematográfica este comentario:

la mascarada carece de pretensiones, entrega lo que se espera de ella, desparrama tiroteos y persecuciones al por mayor y permite la exhibición de los músculos de amianto –ya un tanto acartonados– de sus protagonistas. Y es que, conforme pasan los años, ‘Sly’ se parece cada vez más a la vieja tía de Proust, que empezó negándose a salir de la calle donde vivía, luego de la casa, más tarde de la alcoba y finalmente de la cama.

Entenderá usted mi disgusto al ver relacionado el nombre de Marcel con el de este fornido muchacho, que, según me enteré después, no sólo calza bíceps de tricerátops, sino que ya es sesentón. Y digo yo, ¿no estaría mejor haciendo crucigramas y jugando a la petanca en su villa de Cannes? ¡Y Madame de Churchill entusiasmada con este producto de las colonias! ¡Sajones desalmados! En fin, preserve por favor a Marcel de enterarse de estos desatinos, Querida Madame, o imagino que le dará un soponcio: tanto músculo junto lo dejará turulato.


Afortunadamente, mis mejores amigas me recomendaron una estancia en un balneario de la montaña en el que me recupero satisfactoriamente. Aunque para ello el médico me ha prescrito la lectura de larguísimas novelas de Thomas Mann. Me abruma mucho tanto comerciante próspero y tanto artista apasionado, pero al menos he recuperado algo de tranquilidad. El recetario de mi médico incluye alejarme de las malas compañías, disfrutar de la naturaleza, y relacionarme con los banqueros ricos que abundan en esta región. Ay, no sé. Creo que nada me sentará mejor que la vieja Francia y el buen Marcel, y estoy deseosa de volver a Combray.

Suya,
Madame de Borge

domingo, 20 de junio de 2010

El la-la-la


Queridas Madames,


Reconozcamos la ignonimia de no mencionar en estas páginas a Monsieur de Outcast, que recientemente dejó un comentario para nosotras entre estas páginas. Discreto como corresponde a un natural de esa tierra de la que procede, Monsieur nos hablaba de sus esfuerzos y sus avances leyendo a Marcel... ¡¡¡en francés!!!


Bien es sabido que 'Á la Recherche...', su lectura, su reedición y su investigación, son en Francia un subgénero en sí mismos. Pero aún sabiendo de la multitud de reediciones y partes encontradas y olvidadas de la obra que aparecen, Monsieur de Outcast evitará las demoníacas traducciones que son objeto de mofa y befa en castellana la lengua.


En nuestro salón de té somos mayoría las lectoras de Proust que utilizamos la traducción de don Pedro Salinas. Tal vez por ser la más fácil de encontrar, o por su valor histórico al ser pionera en castellano. Pero no por ello está libre esta traducción de estilismos que ahora son considerados erróneos, como una afición sin piedad por el laísmo (y leísmo), o esa traducción de los nombres propios (Jorge Sand o Carlos Swann son dos tremendos ejemplos). Vean: Quizá no se daba cuenta Odette de lo sincero que era con ella cuando regañaban y cuando LA dijo que no le mandaría más dinero y que procuraría hacerLA daño. Uno no puede creer que un señor catedrático y poeta del 27 fuera un melón de la gramática. Puede que fuera un traductor pésimo (que no lo creo), pero prefiero pensar que hay un motivo para una traducción así. Caballerosidad, tal vez. Galanura española. O confusión proustiana de género, quién sabe. Terriblemente, el texto de Salinas, casi coetáneo del original, suena un tanto rancio, y obviamente no gusta a las nuevas generaciones. Algunas, chapadas a la antigua como somos, sentimos no obstante un ligero picor de nostalgia: en realidad, nuestros mayores más que machistas, eran laístas, que, como todo el mundo sabe, es algo mucho más civilizado.


Espero sinceramente que la escuela de Madame de Malarrama rinda la especialidad de 'traducción del francés' entre sus estudios, pues ya sabemos lo importante que es el francés para las señoritas. Y, dicen, para algunos señores. Que esperan un futuro proustista igualitario y sin laísmo. Y animo también a Monsieur de Outcast a continuar la lectura apasionante y explicarnos si es posible, oh rizo entre rizos, un laísmo a la francesa. Esperamos recibirle con más continuidad en nuestras reuniones, pues los caballeros que hablan el francés sin enseñar los dientes sirven mucho mejor el té.


Suya,
Madame de Borge


miércoles, 16 de junio de 2010

Una edad difícil.


Querida Madame Proust,

Habrá de disculpar mi tardanza en empezar esta correspondencia, pero sé que se hará cargo del sinnúmero de responsabilidades que una directora de escuela superior tiene que atender en estos últimos días del curso académico. Afortunadamente, hoy he conseguido reunir unos minutos para sentarme al escritorio y escribirle estas líneas. Al parecer esta tarde se celebra un importante partido de balompié en el que juega la Selección Nacional de nuestro país y todo nuestro personal masculino se ha reunido para escuchar la emisión radiofónica en la cantina de la escuela. Algunas de mis alumnas han querido unirse a los bedeles para animar nuestros colores y no he tenido corazón para negarles mi permiso. Siempre he dicho que, para condensar la salsa del carácter, no hay mejor harina que el sentimiento patrio, porque ¿acaso es posible creer en uno mismo sin creer antes en tu país? Por lo demás, intento por todos medios fomentar el deporte entre mis pupilas, ya que pienso que enaltece el espíritu, y aunque el balompié no es uno de los frutos de mi devoción, sería una hipocresía por mi parte impedirles que escuchen el partido en la radio de los bedeles.

Tan solo espero que se comporten. Bien sabe usted, Madame Proust, que no están acostumbradas a la compañía de miembros del sexo opuesto, pero confío en ellas ciegamente, igual que ellas confían en mí. Todo este preámbulo sobre las dificultades de la labor educativa no es baladí, querida Madame. Cualquiera que por elección profesional, como yo, o por providencia biológica, como usted, se haya encontrado al cargo de adolescentes sabe perfectamente lo duro que es educar. Y es precisamente eso lo que me ha animado a escribirle, Madame Proust, porque debo hacerle notar que estoy un tanto escandalizada por la actitud de su hijo Marcel en la primera parte de Por el Camino de Swann.

Bien está que una jovencita, como nos cuenta nuestra querida Madame Churchill, espere un beso de despedida de su madre al retirarse a dormir. Nada tengo en contra de ello. Es más, yo misma acudo todos los días al lecho de mis alumnas para darles un beso de buenas noches (¡Pobres mías, tan lejos de sus hogares!). Este impulso no es sino natural, porque una muchacha necesita la cercanía de una madre para moldear su carácter. Pero ¡un hijo…!

No me gustaría decirle cómo tiene que educar a su prole, querida Madame Proust, al fin y al cabo yo nunca he tenido hijos propios (vicisitudes de la vida, no le voy a hablar de mis pesares), pero creo que mi amplia experiencia docente me cualifica y me obliga a advertirle que si persiste usted en ceder ante los requerimientos de su hijo varón y acude por las noches a besarlo en la mejilla, pronto se encontrará con que ha criado a un adolescente caprichoso. Tome nota de lo que le digo porque éste es el menor de los vicios que puede adquirir Marcel si no se opone usted con voluntad férrea a sus chiquilladas.

Dicen los alienistas (profesión y disciplina cuyos avances sigo con franco interés) que la excesiva cercanía de una madre en estos años críticos del desarrollo puede fomentar en el pre-adolescente un indeseable apego hacia lo propio femenino. ¡Escalofríos he sentido al leer de la obsesión que tiene el pequeño Marcel con el vestido de usted al oír su frufrú subiendo las escaleras! La laxitud, la morbidez y otras enfermedades de la voluntad también parece que están provocadas por la superabundancia de afecto materno. Y lo peor de todo no es eso, porque hay quienes dicen que incluso puede llegar a… Pero no puedo seguir. Solo de pensarlo se me pone la piel de gallina.

Sé que sus intenciones como madre y como persona son honestas y que, por lo tanto, sabrá apreciar esta crítica. Crítica a la que, de no ser por la gravedad del asunto, habría dado la forma de consejo de amiga.

Pero no la entretengo más, querida Madame; mis obligaciones me reclaman. Voy a bajar a la cantina a ver qué hacen mis chicas. Oigo risas y suspiros. Es posible que nuestra Selección haya marcado un gol.

Siempre suya,

Madame de Malarrama.


domingo, 13 de junio de 2010

Primer misterio desvelado

Querida Madame Proust,

Ay este Marcel, qué juguetón, haciendo sufrir al caballero Swann para luego otorgarle los favores que le eran esquivos... Como adivinará, he, en efecto, terminado por fin 'Por el camino de Swann', en exactamente 27 días. Dice nuestra querida tertuliana (aunque últimamente nos ha hecho varias piras injustificables), la Baronesa Riefenstahl que uno no se hace fan de Ellroy para luego tener que leer frases del tamaño del Titanic y la complejidad de un acelerador de neutrones. Algo de razón no le falta, que una tiene la sensación de que ha leído una única frase en quinientas páginas.

En la aparentemente futil reconstrucción del recuerdo y de las pasiones amorosas imposibles de Marcel encuentro a veces un fino sentido del humor, con el que de nuevo he vuelto a sufrir arcadas en el episodio veneciano del tercer episodio del primer volumen. Marcel anticipa a Thomas (Dios mío, he de proponer a las madames leer todo Thomas Mann, a ver si compensamos tanta Francia con algo de música), y consigue que su protagonista enferme incluso sólo con la posibilidad de pensar en las enfermizas atmósferas de la laguna.

Como ve, en este mes he encontrado motivos para alegrarme de la lectura de Marcel, señora. Sin embargo, noto frialdad en las demás Madames. Indiferencia. Como si se tratara de proyecto dejado a medias. Prometo desde aquí no volver a pasar hambre... digo... perdón, ¡prometo no abandonar la lectura!. 'A la sombra de las muchachas en flor' me espera en septiembre, y supongo que me desvelará qué sucedió para que Swann ganara el amor según perdía la sociedad. ¿Dará besos de buenas noches a Gilberta? ¿O sólo cuando no hay invitados en casa? ¿La princesa de Laumes volverá a Guermantes? ¿Y Madame de Verdurin? ¿Volverá de su gira en yate?

En fin, ya veremos. Prometo seguir escribiéndola, Madame. Me tomo su falta de respuesta como un asentimiento en silencio; como si le soplara con suavidad a una vela cuya llama se estremeciera por milésimas de segundo, para recuperar su porte y su luz como si nada hubiera sucedido. Pero, aún así, ha sucedido, y por ello no la abandonaré, y espero seguir en estas comunicaciones con el proustiario proustmetido.

Suya,
Madame de Borge

lunes, 7 de junio de 2010

Pagafantas

Querida Madame Proust,

Definitivamente, Charles Swann es un magnífico ejemplo de encoñado. Me temo, insumisamente que lee una, que la minuciosa descripción de los sentimientos de Swann en los vaivenes a que Odette de Crézy le somete tienen un tanto que ver con la vida de Marcel, aunque usted tal vez nunca llegara a enterarse. A Swann, mientras los Verdurin le desprecian, mientras Odette le saca el dinero y además se acuesta con hombres y mujeres, y mientras se descubre sometido a pasiones que siempre creyó mundanas (aka celos), nada le sirve para recuperar su altivez y tranquilidad. No su clase: por mucho que esté resentido con los círculos artísticos, la grotesca reunión de aristócratas con la descripción de monóculos es tal vez obvia como metáfora de tiempos y sociedades que acabaron (Marcel desprecia su pretenciosidad vacua), pero la incapacidad de Swann de ver a los personajes reales salvo como imágenes que reconoce en obras artísticas (pinturas, vidrieras) es una manera increíble, magnífica, de describir el vacío romántico que consiste en vivir una ilusión continua.

Me sigue interesando el punto de vista. En las doscientas páginas largas de estos amores de Swann ha aparecido, en el tercio final, de nuevo la primera persona, el recuerdo de Combray, y la promesa de que Swann volverá a la tierra cercana a los tiempos y espacios del narrador. Veremos.

Suya,
Madame de Borge

Y cosas que hasta entonces le habrían abochornado: espiar al pie de una ventana, quién sabe si mañana sonsacar diestramente a los indiferentes, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, le parecían ahora métodos de investigación científica de tan alto valor intelectual y tan apropiados al descubrimiento de la verdad como descifrar textos, como comparar testimonios e interpretar monumentos.

domingo, 30 de mayo de 2010

Regreso al pasado

''¡Qué agradable debe de ser tener una persona así, que le puede dar a uno en su casa esa cosa tan rara que es un buen té!''
Swann, tras probar el té de Odette de Crecy

Querida Madame,

Confiéselo, Marcel no escribió À la Recherche cronológicamente, ¿verdad? He entrado con gusto en la segunda parte del primer libro. He abandonado los campos y paseos de Combray, las cuitas de la estática familia del protagonista, que incluso cuando pasea parece varada en un estado de sensibilidad epatante, y estoy ya en los amores de Swann, para los cuales Marcel utiliza un flashback anunciado como un piano. Ahora, de repente, y aunque sea para el amor, hay acción, y hay movimiento, aunque no se abandone nunca la descripción psicosentimental.

En cierto modo, me ha dado algo de pena abandonar Combray y descubrir un Marcel más asequible. Recuerdo, ¿sabe usted?, haber leído Unos amores de Swann en mi juventud, y recuerdo incluso aquella película absurda que convertía a Swann en inglés y a Odette en italiana, aunque supongo que no puede esperarse otra cosa de un director teutón (como ve, Madame de Churchill, no acuso a sus compatriotas de la habitual apropiación indebida de lo galo). El peso de esa lectura en mí no fue grande, y ahora me doy cuenta de que me faltaba Combray para apreciarlo. No creo, por otro lado, que hubiera salón de té en toda Francia que pudiera decir nada bueno de la película. Ahora, ¿cómo adaptar 'Combray'? Imposible. Ahora ya estamos en el universo de los Verdurin y el narrador infantil en primera persona, ese niño protagonista y exigente en grado sumo, ha desaparecido y nos relata el pasado en tercera persona, neutra, pero con la misma capacidad de observación. En fin, volveremos, espero, a oir hablar de la escandalosa hija de M. Vinteuil, o a decidir eternamente entre pasear por Méséglise o por Guermantes.

De mientras, espero Madame que sea de su agrado la posibilidad de construir un Proustiario. Aunque su nombre le parezca equívoco, sepa que mis intenciones son formales (¡¿por quién me toman?!), y se centran exclusivamente en trazar un perfil individual de cada personaje. Sé también que puede darme un soponcio ante el tamaño de la empresa, y sé que no es original pues otros lo han abordado con obra tan ingente e importante como la de Marcel, pero espero contar con las ayudas de las demás Madames (ahora mismo algo borrachas -pastís- tras un fin de semana para no narrar).

Suya,
Madame de Borge



''Poco a poco fui advirtiendo que el cariño, la compunción y las virtudes de Francisca ocultaban tragedias de cocina, lo mismo que descubre la Historia que los reinados de esos reyes y reinas representados orando en las vidrieras de las iglesias se señalaron por sangrientos episodios.''

''Pero puede que no hubiera considerado la maldad como un estado tan raro, tan extraordinario, que tan bien le arrastraba a uno y donde tan grato era emigrar, de haber sabido discernir en su amiga, como en todo el mundo, esa indiferencia a los sufrimientos que ocasionamos y que, llámese como se quiera, es la terrible y permanente forma de la crueldad.''

''¡Qué francesa era la iglesia aquella!''

sábado, 22 de mayo de 2010

Bloch

Queridas Madames,

No sé si han apreciado la capacidad que tiene Marcel de afianzar el núcleo familiar haciendo que aquellos personajes que lo violenten sean apenas esbozados y parezcan desaparecer para el resto del texto. Cosa que obviamente no sé si sucederá. Comento esto acerca del tío del protagonista, pero sobre todo de Bloch, el amigo del narrador que le recomienda la lectura de ese para mí ignoto Bergotte, quien me ha hecho arrancar la primera e inesperada carcajada del libro. En concreto, en este diálogo que empieza por explicar por qué Bloch no iba a ser buen amigo de la familia:

Comenzó por irritar a mi padre, que al verle un día todo mojado, le preguntó con interés:
-¿Pero qué tiempo hace, amigo Bloch, ha llovido? No lo entiendo, porque el barómetro estaba muy bien.
Y no obtuvo más respuesta que ésta:
-Me es absolutamente imposible decirle a usted si ha llovido o no, porque vivo tan apartado de las contingencias físicas que mis sentidos ya no se molestan en comunicármelas
-Pero, hijo mío, tu amigo es idiota -me dijo mi padre cuando Bloch se había marchado-

El caso es que Bloch es una de las primera excusas que usa Proust para hablar de literatura en Á la recherche, ya que hacía escasas páginas le había dicho al narrador que los versos de un poema eran tanto mejores cuanto menos significaran. La ridiculización posterior del personaje parece indicar que Marcel no se sentía muy cercano a según qué experimentos artísticos de las vanguardias del momento, me temo.

En principio, estamos ante el habitual escenario sensitivo de Combray, con el narrador recordando aparentemente todo esto mientras lee en el jardín (aunque no sea domingo), el libro recomendado por Bloch, mientras sus tías le critican o Swann le confiesa que conoce al escritor. El narrador aprovecha los personajes con los que mantiene una relación emocional para introducir su visión intelectual sobre las novelas:

Aquellas tardes estaban más henchidas de sucesos dramáticos que muchas vidas. Eran los sucesos ocurridos en el libro que leía, aunque los personajes a quienes afectaban no eran 'reales', como decía Francisca. Pero ningún sentimiento de los que nos causan la alegría o la desgracia de un personaje real llega a nosotros si no es por intermedio de una imagen de esa alegría o desgracia; la ingeniosidad del primer novelista estribó en comprender que, como en el conjunto de nuestras emociones la imagen es el único elemento esencial, una simplificación que consistiera en suprimir pura y simplemente los personajes reales significaría una decisiva perfección. Un ser real, por profundamente que simpaticemos con él, le percibimos en gran parte por medio de nuestros sentidos, es decir, sigue opaco para nosotros y ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no es capaz de levantar. (...) La idea feliz del novelista es sustituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad equivalente de partes inmateriales, es decir, asimilables para nuestro espíritu.

Ideas tan wildeanas, en las que viene a decirse que sólo la ficción consigue penetrar hasta la verdad, y en la que la representación de la 'realidad' se da por imposible (y casi indeseable o inútil) han provocado mi primer apunte sobre el libro. Y eso que ya había superado magdalenas, catedrales, y extraños despertares en el campo.

Suya,
Madame de Borge

martes, 18 de mayo de 2010

Beso de bienvenida


Querida Madame Proust:

Ya he empezado el relato con el que nos deleita nuestro querido Marcel. ¡Cómo estoy disfrutando! Aunque ya le dije que mi primera reacción ante el volumen fue la de temor y prudencia, me he encontrado estos días dejando pasar mis dedos página tras página, maravillándome con cosas en principio tan cotidianas y rutinarias, y que en manos de su hijo resultan ser experiencias que llenan todos los sentidos. ¡Ni siquiera el buen Dickens había conseguido tal efecto sobre mí!

Dentro de las historias que cuenta hubo una que me causó especial inquietud, y esa es la de su espera del beso de buenas noches. Me hizo recordar que a mí misma me gustaba recibir ese cariño que hacía empezar la hora del sueño, y por ello lo comenté con mis hermanas, quienes estaban efusivamente de acuerdo con el desasosiego que causa el ser una pequeña criatura indefensa y no haber recibido el beso de su madre antes de acostarse. Una de mis hermanas, Constance, insistió mucho en la importancia de ese beso de despedida en la vida cotidiana.

- Charlotte, me haces recordar una anécdota que he tenido esta mañana con mi querido Joseph. Como tenía que hacer un viaje para reunirse con antiguos compañeros de Bath le acompañé a la estación de ferrocarril, asegurándome que no se dejaba nada en el carruaje, pues ya conoces la cabeza tan olvidadiza que tiene Joe. Una vez llegamos a la estación me dice "querida, espérame un momento, pues voy a comprobar cuál es la hora de salida". Vi cómo se adentraba en la estación con las maletas, espero un rato, y luego sale gritando "vete! vete!" agitando la mano ¡como si fuera una vulgar criada! ¡Y sin darme un beso de despedida! ¿Qué os parece?

Aquí intervino Meredith, apoyando a mi otra hermana
- Oh, querida, ya sabes el aprecio que le tenemos a Joseph, pero a veces reconozco que puede llegar al límite de tu paciencia.
- Gracias Meredith por tu comprensión, mas son varias cosas más las que me exasperaron ese día; cuando le vi salir de la estación me di cuenta de que no tenía el equipaje con él. "Joseph, querido ¿qué has hecho con la maleta?". Me contestó "En el andén". ¡En el andén!

Nosotras no pudimos hacer otra cosa que murmurar nuestra desaprobación, por supuesto.

- Y luego es él el que contínuamente denuncia la cantidad de embusteros y maleantes que le roban las maletas ¡Cómo no van a hacerlo, si en la práctica les está invitando amablemente a que tomen sus pertenencias!

- Pero es que ¡no sólo eso! Cuando sale me doy cuenta de que no lleva la maleta. Y yo le pregunto "¿qué has hecho con la maleta, Jose?". Y me dice "Está en el andén". ¡En el andén! ¡Y luego se queja de que le roben! Claro, dejándoselo todo por ahí...

Al hablar de esto, recordé un incidente no demasiado lejano:

- Constance ¿qué ocurrió con la máquina de escribir que olvidó en el coche de alquiler? ¿Lograsteis contactar con el chófer?
- Desgraciadamente no, lo cual me llena de pesar; era un aparato magnífico al que Joe ya se había acostumbrado, aunque ya era la tercera que se compraba. Como sigue dependiendo de ella para poder reflejar sus pensamientos, tuvimos que comprar otra más, aún más impresionante que las anteriores. Isaac, el buen encargado que ya tanto nos conoce, nos permitió firmar un contrato por el que nos daba parte del dinero si a Joe le volvían a robar.
- Pero ¿ese tipo de contratos no son válidos sólo en caso de que, Dios no lo quiera, un bandido amenace a su marido y le obligue a darle sus pertenencias?
- ¡Precisamente eso le dije yo! "Joseph, cariño, tu problema no es que las personas con dudosa ética vean ingenuidad en tu cara y quieran amenazarte para apoderarse de tus pertenencias sino que eres tú quien les facilita que se lleven dichos objetos". Pero no pude convencerle, ya sabes lo difícil que es quitarle una idea de la cabeza una vez empieza a darle vueltas. ¡Y así se mueve por el mundo, tentando a los ladrones para que le roben, y sin darme un triste beso de despedida!

Es la influencia de su hijo Marcel la que provoca estas discusiones. Ahora no vemos la estación, sino el humo de la estación y el efecto que sobre él provoca el rayo de luz de una determinada hora de la tarde. Tampoco somos capaces de ver una tienda de dulces, sino que vemos los dulces con todos los recuerdos que dan al masticarlos tras varias horas sin comer. Si algo tenemos claro al leer "Por el camino de Swann", es que nos está haciendo mejores personas.

Saludos de su siempre admiradora
Madame de Churchill

domingo, 16 de mayo de 2010

Llegué a Combray

Querida Madame Proust,

Ahora que ya estamos todas en la reunión, debo confesarle que ya he empezado las primeras páginas de la obra. Obviamente, es motivo de mi sana envidia el cariño evidente que hacia la madre de Marcel destilan las primeras páginas de 'Por el camino de Swann', aunque el tal Swann me parezca de momento un tanto indolente, y deseo ya que abofetee a esas tías de la familia de Marcel. Huy, perdón, que debe tratarse de sus propias tías de usted, sabrá perdonarme el atrevimiento, espero.

Encantada estoy de como Marcel deja fluir el pensamiento en la concatenación de sentimientos y sensaciones. No debe haber niño que no reflexione sobre los muebles que rodean su sueño, o sobre las camas que han acogido su vida frágil, que siendo pequeño se antoja tan volátil. Pero me preocupa ese largo despertar del niño, y ese ansia casi enfermiza por un beso soñado para acostarse. No quisiera encontrarme páginas más adelante que todo es un sueño provocado por un beso de encantamiento, pero supongo que deba ser la primera interpretación de un tiempo que debe recobrarse aunque sea sólo porque, como tantas cosas en la vida, nunca se vivió.

Suya,
Madame de Borge

sábado, 8 de mayo de 2010

Madame de Malarrama da señales de vida.

Madame de Malarrama y sus alumnas de la Escuela de Traducción para Señoritas.

Queridas Madames,

Por fin he consiguido sobreponerme a los nervios, dejar de llorar sobre el boeuf bourguignon y escribiros por fín, queridas mías, no solo para que sepáis que estoy bien de salud (al contrario de lo que se ha dicho por ahí) sino que, fiel a mi palabra, he dado comienzo al desafío que nos impusimos y ya me he adentrado en la lectura de Por el Camino de Swann.

Tengo que agradeceros que hayáis justificado, si bien de manera inmerecida, mi silencio en vuestras cartas. Además de la emoción que me embargaba últimamente debido a la relectura de las primeras páginas de A la Recherche, me han impedido coger la pluma también las muchas tareas educativas que, como bien sabeis, tengo a mi cargo en la Escuela de Traducción para Señoritas de la que soy directora.

He animado a varias de mis alumnas a emprender con nosotros la lectura de la obra de Marcel, así que espero en breve poder ofreceros a través de mis cartas, además de mis impresiones acerca de la novela, también las de mis queridas pupilas. ¡Ay, mis niñas queridas! ¡Si pudiérais ver con vuestros ojos sus cuerpos de porcelana! ¡Si pudierais tocar con vuestras palabras sus delicadas mentes! Os estremeceríais... Quizá algún día podáis hacernos una visita y comprobarlo de cuerpo presente.

He leído las cartas que habéis enviado a Madame Proust y me han parecido exquisitas. He encontrado especial deleite en la ocurrencia que tuvo Madame Churchill de adjuntar en el sobre dos bolsas de té. ¡Ay, Charlotte, cómo me alegro de saber que conservas tu sentido del humor! En breve, la semana que viene a más tardar, me uniré a vosotras escribiendo mi primera carta a Madame Proust. Temo que se haya disgustado por mi silencio y no quiera dirigirme la palabra.¿Estará ofendida? ¿Qué impresión os ha dado en sus contestaciones?

Ahora os dejo, dentro de quince minutos tengo que estar de nuevo en el aula. Mis niñas tienen que entregarme un ejercicio de traducción que les encarguéla semana pasada. Se trata de tres o cuatro páginas de una novela titulada L'Étranger y su autor es un joven muy sugerente llamado Albert Camus. ¿Habéis oído hablar de él?

Siempre vuestra,

Madame de Malarrama.


sábado, 1 de mayo de 2010

Mucho tiempo he estado acostándome temprano

Querida Madame Proust,

Sin tiempo para decirle más, debe saber que de la primera página de 'Por el camino de Swann' ya extraigo enseñanzas. ¡Qué digo la primera página! ¡¡Su primera frase!! ¿Sabe? Durante un tiempo yo albergué sueños de bohemia, de vida disparatada, variable como juncos al viento, y dichosa de recibir todos los vientos. Pero después descubrí que para eso hacía falta acostarse tarde. Beber. Socializar con personas indescriptibles. Después desecharlas, tras consumo insano. Hoy ya sé que semejantes actividades no sólo me desvelan, también me debilitan. Y no es mi cuerpo un laboratorio que pueda usar esos ingredientes en sus fórmulas. Así que sí, ayer me acosté temprano, y temprano me he levantado hoy, pensando en Combray...

Le envío saludos de Madame Chrysanthème desde Japón, interesada en su salud, y deseosa de oír sus palabras.

Reciba mis consideraciones más distinguidas,

Madame de Borge

domingo, 25 de abril de 2010

En mayo en la batalla piensa en Marcel

Querida Madame Proust,

Se acerca el bonito mes de mayo, y con él, fechas muy reconocidas. Desde el día de la madre, que espero usted pase con la devoción debida que Marcel le practica, al Día del Trabajo. Este año, este día, que cae en sábado, es como bien sabe el punto de partida de esta apuesta terrible que nos hemos impuesto sus (de su hijo) queridas admiradoras. Tenemos, como puede imaginar, miedos y temores. Pero también tenemos confianza y fuerza. Nos avalan empresas literarias anteriores, nos avalan las ganas de triunfar. Nos avala, sobre todo, querer acabar antes que las demás. Sobre todo a Madame de Malarrama, siempre fue muy competitiva.

Su silencio nos resulta un peso difícil de sobrellevar. Pero, para serle sincera, es el mismo silencio que estamos todas practicando. No hablamos de Marcel, el 1 de mayo nos mira y sabemos que mancillaremos con nuestras yemas las portadas de sus traducciones, no comentamos nada entre nosotras. Algunas miradas de reojo indican que nos espiamos, que observamos con cierta alevosía si la Madame de al lado ya ha comenzado su aproximación al camino de Swann, ya se nos quiere adelantar en elucidar los misterios de Combray. Todas, espero, tomaremos voz en mayo, y usted tendrá a bien leernos, escucharnos, y contestarnos, si es que tal honor merecemos.

Con cariño,
Madame de Borge

jueves, 15 de abril de 2010

Té de las 5


Querida Madame Proust

Creo que mi gran amiga Madame de Borge ya le alertó de mi llegada a la empresa que tanto ella como la diligente aunque silenciosa y discreta Madame de Malarrama decidieron llevar a cabo, que, como ya bien sabe, consiste en recorrer las praderas y bosques literarios que ha dejado su estimado hijo. Una empresa muy atractiva sobre todo para mí, pues, aunque ya he sido educada en lo más selecto de la literatura inglesa - y en alguna frivolidad como las historias de Charles Dickens o Jane Austen, obras ostentosamente populares que desconozco si han llegado a su biblioteca, pero que entre los divertimentos y placeres fáciles que otorgan se pueden encontrar importantes enseñanzas morales que bien podrían servir a mis hijos ¡o criaturas, los muy bandidos! si no perdieran todo el día corriendo detrás de las muchachas de su edad -, y no conozco las artes de su atractivo país más que algunos ejemplos anecdóticos. Uno de esos ejemplos lo pude conocer hace una semana, cuando me dirigía con mi hermana soltera para disfrutar de la ópera y esa semana programaban una historia terrible y voluptuosa de un tal Berlioz. ¡Vaya, qué tremebundo era lo que ocurría en el escenario, pero qué bella era la música! Recuerdo que mi hermana ya me hizo notar el insólito contraste entre el personaje tan horrible, malévolo y censurable que era la soprano y lo bellas de las melodías que debía interpretar. "¿No hubiera sido más lógico, por no decir más acuerdo a nuestros valores, que una música igual de horrible acompañase a tan grotesco personaje?". Si bien no tengo un punto de vista tan extremo al respecto, debo reconocer que sus inquietudes ante ese contraste, tan notable como el del agua y el aceite al unirse en un vaso, eran totalmente comprensibles.

Espero que lo que ha escrito Marcel no sea tan turbador como esta desafortunada obra. Tengo que confesarle, sin ir más lejos, que ya me he acercado a alguno de sus libros, ojeándolos en la librería que tenemos en Bath. "Lady Churchill, sí, tenemos este libro, y dicen damas tan instruidas como usted que es apenas una pobre imitación de Dickens". Pedí que me dejara recorrer algunas páginas del libro, y en efecto, el estilo era parecido al de Charles, pero el buen encargado no contaba con mi gran conocimiento de la lengua francesa. ¡Ah, esas tardes interminables conjugando verbos en todos los tiempos y géneros! Gracias a ello, pude hacerme con una edición importada de la mismísima Francia, que al mirarla, sí tiene esa riqueza retórica y ese olor a francés que esperaba. ¡Tuve que detenerme para no leerlo todo en una misma tarde y leer a la vez que mis amigas, fíjese lo que le digo!

Sin más, espero noticias suyas, que sus cartas siempre me llenarán de alegría y gratitud.

Madame de Churchill

P.D. tengo cierto temor a que, por el hecho de ser inglesa, me trate de una forma condescendiente con respecto a M. de Borge y de Malarrama. Sé que ellas me tienen tanto amor y cariño que ni siquiera han resaltado este hecho ante usted, y supongo de usted un conocimiento del mundo suficiente como para apreciar a todos los europeos de la misma manera, pero, para recordarle mi aprecio, le envío un par de bolsitas de nuestro mejor té adjuntos a esta carta.